Estamos acostumbrados a trabajar de lo que nos toca, y no de lo que nos gusta. El trabajo pasa a ser una carga del día a día, donde no surgen espacios para el goce o la creatividad. Nos apagamos poco a poco en una rutina que no elegimos ni nos desafía, y ese malestar se traslada al resto de los ámbitos de nuestra vida.
Nos quedamos en la disconformidad, en vez de ir por lo que soñamos.
Muchas veces, el miedo al cambio hace que veamos nuestros objetivos como imposibles. En cambio, las cosas que conocemos nos transmiten seguridad porque son previsibles y las tenemos bajo control. Cuando elegimos ir por lo nuevo, llegan con él un montón de incertidumbres, situaciones nuevas y difíciles de predecir qué nos asustan.
Lo más fácil —lo que no da miedo— es quedarnos en un trabajo que dominamos y no nos exige demasiado. El problema es que cuando evitamos los grandes retos las actividades diarias pierden emoción. Superar desafíos aumentan nuestra autoestima y nos entusiasma a ir por más.
Hay 3 claves que podemos aplicar cuando estamos insatisfechos con nuestro trabajo: